lunes, 31 de mayo de 2010

Un IRP útil

“La naturaleza ha colocado a la humanidad bajo el gobierno de dos amos soberanos, placer y dolor. Les corresponde sólo a ellos señalar qué debemos hacer, así como también determinar qué haremos…. El principio de utilidad reconoce esta sujeción, y la asume como el fundamento de ese sistema; cuyo objeto es promover la felicidad de manos de la razón y la ley..”

Jeremy Bentham en “An introduction to the Principles of Morals and Legislation”

“…. La felicidad que constituye el estándar utilitario de qué está bien en una conducta, no es la felicidad particular del agente sino la de todos los interesados….”

John Stuart Mill en “Utilitarianism”

Mi comentario de la semana pasada provocó varias objeciones a mi injusto tratamiento de los utilitarios como superficiales y carentes de virtudes. Mario Ramos Reyes me escribió diciendo “lo malo es que no somos utilitarios, ojalá lo fuésemos”, y… tiene razón. Los utilitarios, con Bentham y J.S.Mill a la cabeza de ese grupo de pensadores, proponen una ética muy valiosa para orientar las decisiones, especialmente las de gobierno. Siempre debemos calcular si la decisión va aumentar el total de bienestar en una sociedad o si lo va a disminuir. Dicho de otra manera, si la disminución de bienestar para unos es más que compensada por el aumento de bienestar en los otros de forma a que el total neto de bienestar aumente, entonces la decisión está bien. Tomemos como ejemplo el Impuesto a la Renta Personal, el IRP.

Si actuásemos según la ética utilitaria, nos esforzaríamos primero en calcular y demostrar con evidencias el efecto de reducción de bienestar que este impuesto causaría a los que tienen que pagarlo y luego nos esforzaríamos por calcular y demostrar el aumento del bienestar de los otros que lograríamos con ese dinero adicional que, en vez de ser usado por los que pagan el impuesto sería usado por el gobierno. Dicho de otra manera, el uso que el gobierno hace del dinero recaudado con el IRP debería producir mayor bienestar que el que ese dinero produce en manos de las personas que serán obligadas a entregárselo al gobierno.
Como no somos utilitarios, ese no ha sido el rumbo que han tomado las discusiones. Más bien se ha presentado el IRP como una forma de hacer justicia y de descubrir a los lavadores de dinero, testa ferros y otros “mafias” locales. Con estos argumentos aumentamos la pérdida de bienestar de los pagadores del IRP, porque ahora no sólo son “unos privilegiados” sino además son sospechosos de ser criminales. “Vos pagás el IRP?... ah, entonces vos sos un privilegiado sospechoso que al fin está haciendo algo por la patria!”.
Tampoco se ha podido demostrar con cifras que el gobierno producirá más bienestar con ese dinero que el que produce el mismo capital en manos del sector “privilegiado” que ahora lo administra. Más bien, pesaen contra el historial de ineficiencia del estado en general y el aumento constante de la planilla de funcionarios públicos que no parecen producir ningún bienestar más que el suyo propio. “Vos pagás el IRP?... ah, entonces vos sos uno de esos ingenuos que pagan a todos esos planilleros que están en los freezers”.

Si fuésemos utilitarios, podríamos haber propuesto un Impuesto Transitorio de Estabilización y Desarrollo de la Zona Norte, incluyendo mecanismos de control partidario y ciudadano sobre lo recaudado, con la promesa de dedicar los recursos íntegramente a mejorar la situación social y de seguridad de los cuatro departamentos más afectados por la criminalidad y la ausencia de servicios del estado. No lo estoy proponiendo, estoy dando un ejemplo. Quizá esto hubiese sido más útil y más claramente una contribución positiva a la suma de bienestar general; pero como siempre, preferimos las discusiones maniqueas, supuestamente basadas en discusiones sobre virtudes.
Claro que también, cualquier argumento llevado al extremo se vuelve algo más difícil de digerir, por ejemplo: Por qué no les liberamos a los legisladores del pago del IRP, así el total de la disminución del bienestar es menor y el aumento del bienestar general sería prácticamente el mismo. También, además de liberar a los legisladores del pago del IRP, podríamos obligar al gobierno a dedicar todo lo recaudado a trasmitir fútbol todo el día por televisión (como lo hace el gobierno argentino; no es un invento mío), así es seguro que la mayoría de varones de la república verían el total de su “bienestar” aumentado. “Vos pagás el IRP?... ah entonces vos sos uno de esos grandes bo… que entrega su dinero para que los planilleros que están en los freezers vean fútbol gratis todo el día con los legisladores!!”

domingo, 23 de mayo de 2010

Sin tirar las virtudes a la basura

“Para todos llega el momento en el que, se quiera o no, es necesario enraizar la propia existencia en una verdad reconocida como definitiva, que dé una certeza no sometida ya a la duda….. él nunca podría fundar su propia vida sobre la duda, la incertidumbre o la mentira; tal existencia estaría continuamente amenazada por el miedo y la angustia…..El hombre, ser que busca la verdad, es pues también aquel que vive de creencias.”
Juan Pablo II, en la carta encíclica “Fides Et Ratio”, 1998

El Papa nos dice que no hay motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realización. La certeza de Dios, nos recuerda, nos da las fuerzas para continuar el camino hacia la verdad como exploradores, cuya misión es no dejar nada sin probar a pesar del continuo chantaje de la duda. Esta certeza debería fijar el norte de nuestro viaje.
En el desarrollo de una sociedad, en esa evolución colectiva e intencional que pretende llevarnos a estadios más elevados de bienestar, nuestro rol de exploradores, que no dejan nada sin probar, ni piedra sin remover, ni principio sin cuestionar, puede producir momentos en los que sentimos la ausencia de la verdad; sentimos que ya nadie cree en nada y que todo es reducido a su utilidad y su valor de intercambio. Los soldados que combaten ya no lo hacen por la patria sino por un sueldo, los legisladores proponen y discuten leyes como si el congreso fuese sólo un mercado de intereses crematísticos. Las personas más reconocidas y famosas son las más escandalosas e impúdicas, no las más santas o más sabias. Todo es ”práctico” y todo es ”útil”, todo está a “precio de mercado”. La virtud no parece ser importante ni es considerada un “activo”. Nadie te da un préstamo porque seas honesto, te lo dan porque tenés un buen historial de crédito o porque podés otorgar garantías “reales”. Tu ambición no es ser reconocido como santo o bueno, sino como “competitivo” y “ejecutivo”. Hasta los delincuentes más feroces, o mejor dicho, justamente los más feroces, son considerados “profesionales”, como si fuesen poseedores de “expertise” y “know how” valiosos y merecedores de un título universitario.
La preeminencia actual del pensamiento utilitario nos ha llevado a organizarnos como si el utilitarismo fuese una moral, o, dicho de otra manera, como si lo útil fuese lo justo, en el sentido virtuoso de la palabra. Me da la impresión de que en muchos sentidos hemos adoptado las ideas utilitarias como verdades reconocidas como definitivas, que dan una certeza no sometida ya a la duda. En realidad, el utilitarismo es un conjunto de ideas esenciales para entender el funcionamiento de la economía y por lo tanto para el desarrollo económico, pero no creo que eso nos obligue a adoptar ideas utilitarias como verdades que rigen todas las esferas de la actividad colectiva. Supongo que como país, podemos ser competitivos, prácticos, útiles, ejecutivos y otorgar garantías reales sin tener por ello que tirar las virtudes a la basura.

domingo, 9 de mayo de 2010

Hacer lo que es justo

“Dos hombres que reman juntos en un bote, lo hacen por acuerdo o convenio, aunque nunca hayan prometido nada uno al otro”
“Aquí entonces te dejo trabajar solo: Tú me tratas de la misma manera. El tiempo cambia y ambos perdemos nuestras cosechas por falta de confianza mutua y seguridad”
“Por lo tanto aprendo a brindarle un servicio al otro sin tenerle realmente ninguna simpatía, porque estoy previendo que me devolverá el servicio en expectativa de otro de la misma naturaleza y para mantener la misma correspondencia de buenos oficios conmigo o con los otros”
“… ni se requiere, para formar este concierto o convenio, más que el sentido de interés de todos en el cumplimiento fiel del compromiso y la expresión de dicho interés a otros miembros de la sociedad. Esto, causa inmediatamente que el interés opere sobre ellos; siendo el interés lo primero que obliga al cumplimiento de la promesa. Después, un sentimiento moral concurre con el interés y lo transforma en una nueva obligación…”

David Hume http://www.luventicus.org/articulos/02A036/hume.html en “Tratado sobre la Naturaleza Humana”

David Hume reflexionaba en el siglo 18 sobre la naturaleza humana y encontró que el interés es el sentimiento que precede a las convenciones, tratados o leyes. Si no fuera porque tenemos interés en preservar la propiedad privada o la seguridad, no llegaríamos nunca a respetar las leyes que nosotros mismos aprobamos para preservar estos dos aspectos centrales a nuestra convivencia pacífica. Pero también nos dice que el reconocimiento del interés como algo mutuo o recíproco requiere un proceso de aprendizaje que puede ser duro, incluyendo incluso la pérdida de cosechas o situaciones peores.
La convicción de que es conveniente para mis intereses tomar en cuenta y respetar los intereses de otros es un paso necesario para la conformación de una sociedad respetuosa de leyes, contratos y promesas. Yo no puedo pretender que la sociedad respete los acuerdos conmigo y favorezca mis intereses si yo no respeto los intereses de otros ni cumplo mis promesas. Es de una ingenuidad muy grande creer que los otros respetarán los acuerdos que favorecen mis intereses si los otros no tienen ningún interés concreto en hacerlo o si yo no respeto los acuerdos que favorecen los intereses de los otros. Esto tanto entre personas, como entre organizaciones o entre países. Nadie será objeto de un trato favorable sólo por una ley de justicia natural; las sociedades funcionan y se desarrollan porque a sus miembros les conviene que así sea y conviene a sus intereses, llámense propiedad, seguridad, fama, salud, etc.
Este reconocimiento pragmático de la fuerza de los intereses y de la necesidad de llegar a acuerdos que los respeten, es un paso importante en el aprendizaje de las sociedades. En nuestro caso, creo que la práctica e historia de nuestra relación con Brasil debería habernos enseñado hace harto tiempo que no es porque seamos más pobres (y en realidad no hace mucho que somos más pobres que ellos), ni tampoco porque no tengamos costas marítimas, ni siquiera porque ellos se sientan culpables de haber perpetrado un genocidio en nuestra tierra (lo cual es reconocido por varios de sus historiadores), ni menos aún porque ellos y nosotros padecimos la autoridad de dictadores militares, ni por ninguna otra razón que no sea la de sus intereses actuales y concretos, que Brasil va a cooperar con el Paraguay o nos va a regalar algo. Represas, puentes o líneas de transmisión. Libre tránsito de sacoleiros, contrabandistas, trabajadores o estudiantes. Préstamos, donaciones o financiaciones baratas; todo depende del interés recíproco. Se hará lo que sea más conveniente, en el sentido económico y político, para ellos y para nosotros. Y eso es lo que llamamos hacer lo que es justo.

lunes, 3 de mayo de 2010

Heterofobia

“Heterofobia:
El sentimiento de temor y odio ante otros, los distintos, los extraños, los forasteros, los que irrumpen desde el exterior en nuestro círculo de identificación. ….
El reconocimiento indiscutible de aquellos que forman nuestro grupo se consolida por medio de la renuncia a asemejarnos con el resto de los seres que van quedando fuera del círculo identificatorio
La sociedad democrática liberal representa un ejercicio político en contrapelo de lo que ha sido la constante milenaria en tribus, naciones, Estados a lo largo de siglos; un sistema que establece la comunidad en el desarraigo de los derechos que provenían de los dioses, linaje o pertenencia territorial y en su refundación como convención igualitaria respetuosa de la autonomía individual.”

Fernando Savater (1947 - ), en su Diccionario Filosófico

Las desigualdades que impiden el desarrollo económico y social tienen raíces profundas en estos procesos de identificación por exclusión que resume la palabra heterofobia. La discriminación contra la mujer, contra el negro, contra el indígena, contra el extranjero, contra el pobre, el judío, la persona con discapacidad, etc., es una prueba de la falta de autonomía individual, la falta de confianza en la personalidad propia, la falta de autoestima individual. Pareciera ser que no nos sentimos personas hasta que no somos semejantes a otros e incluidos en un grupo con “etiqueta”. Soy liberal, soy colorado, soy pobre, soy paraguayo. Son menonitas, son coreanos, son “cristianos”, son brasiguayos, son privilegiados, son zurdos, son corruptos, son rascas, son chuchis.
Muchos creen que la sociedad va a mejorar con la victoria de “nosotros” sobre “ellos” y que se hundirá definitivamente en el caos si “ellos” triunfan sobre “nosotros”. Stalin y Hitler basaron sus regímenes totalitarios en este concepto maniqueo. Yo prefiero creer que podemos crear un gran “espacio público” donde nos encontremos todos, nos escuchemos todos y nos pongamos de acuerdo.
Qué ingenuo!?. Es sin dudas un proceso difícil, muchas veces frustrante y al final quizá poco gratificante para aquel que quiere “triunfar” con su palabra y sus ideas. Por la misma razón que nos separamos y nos discriminamos, también encaramos las discusiones como una oportunidad de vencer al otro en vez de reflexionar juntos sobre la realidad que compartimos; queremos que el mundo sea como nos conviene a nosotros, no a ellos.
El desarrollo es una evolución colectiva intencional. Nuestra intención de progresar se demuestra en nuestro esfuerzo por hacerlo colectivamente, sin discriminar.