domingo, 31 de octubre de 2010

SOCIEDAD Y VERDAD

“.. asumimos que la sustancia de la historia consiste en la experiencia por la cual el hombre llega a comprender su humanidad y con ella la comprensión de sus límites..”
“… en el primer caso, cuando el énfasis está puesto en la importancia del movimiento, sin claridad en cuanto a lo que sería la perfección final, …se interpreta progreso como el incremento cualitativo y cuantitativo del bien presente… esta es una actitud conservadora, y puede llegar a ser reaccionaria….En el segundo caso, cuando el énfasis está puesto en el estado de perfección, sin claridad sobre los medios requeridos para su realización, el resultado será utopía….., finalmente, la inmanentización [o la divinización de la idea de progreso] resulta en un activo misticismo de un estado de perfección a ser alcanzado mediante la transfiguración revolucionaria de la naturaleza humana ”

Eric Voegelin en “The New Science of Politics”

El inquietante y extraño Voegelin nos plantea un dilema difícil de resolver. Al creer que la verdad pertenece al hombre y que en esta vida sobre la tierra no vamos a llegar al paraíso, abandonamos la idea de que la organización social y el desarrollo tengan que ser representativos de una verdad superior e indiscutible; no hay Verdad con mayúscula, sólo tenemos nuestra verdad y ésta será lo que nosotros decidamos que sea. Esta ausencia de Verdad, nos obliga a negociar nuestra verdad y organizar a la sociedad en torno a las verdades que nosotros mismos institucionalizamos mediante, en el caso ideal, un extenso diálogo y debate o, en el común de los casos, mediante la imposición de la autoridad históricamente vigente. Esta permanente negociación de la verdad nos mantiene en indecisión respecto a las características que esperamos tenga nuestra sociedad “desarrollada”, el Paraguay jaipotava o nuestro “tekoha”.
La actitud conservadora, según Voegelin, es “más de lo mismo”, donde “más” es también “mejor”. Según esta forma de definir lo conservador, podemos ser emprendedores, entusiastas, constructores, inversores, arriesgados, visionarios, trabajadores, sacrificados, etc. , y al mismo tiempo estar en contra del cambio. Se me ocurre que nuestra relación con el equilibrio ecológico sufre de esta actitud conservadora, que se autodefine como “desarrollista”, pero que no abandona un modelo de crecimiento que consume el planeta a una velocidad que hoy ya nos ha colocado más allá del umbral de la sostenibilidad.
La actitud utópica, no nos ayuda mucho tampoco porque nos deja soñando con una sociedad ideal que no sabemos cómo alcanzar. Es más, ese modelo ideal está construido como proyección a futuro de lo bueno de la situación actual, o en el retorno a un pasado que hoy idealizamos, pero no de algo totalmente nuevo. La utopía de los indígenas americanos en 1490 definitivamente no incluía a los españoles, y nuestro futuro utópico hoy definitivamente no incluye la colisión con un asteroide gigante. Las utopías no pueden ser realistas porque el futuro es en gran medida impredecible. Querer imponer una utopía es querer imponer nuestro ideal como si fuésemos omnipotentes. Creo que esta actitud utópica existe en nuestra insistencia con la planificación y la formulación de “modelos” de desarrollo, especialmente en intelectuales que ven al gobierno ideal como lo veía Platón; el gobierno del filósofo y de las “ideas”.
La divinización del progreso, o el progreso como forma de avanzar hacia la santificación colectiva, implica trabajar para organizar la sociedad en torno a la verdad absoluta; es el proyecto de la representación colectiva de la verdad en esta vida. Implica salvar a cada uno antes de llegar a la otra vida, implica que el desarrollo en la verdad sea un proyecto apto para este mundo y que nuestro sistema de gobierno represente ese proyecto de “salvación”. Esta idea, bastante común en la antigüedad, se ha ido abandonando y, salvo en países en los cuales las autoridades religiosas y políticas se confunden, ha pasado a ser como un proyecto paralelo al proyecto social que cada individuo maneja por su cuenta y bajo su responsabilidad personal. Sin embargo, hay ideas o verdades menores que gente quiere divinizar o elevar a categoría de verdad absoluta y así divinizar la política que hacen confundiéndola con una cruzada santa (valga la redundancia). Creo que es lo que nos pasa con el nacionalismo, el patriotismo y el racismo y nuestra tendencia a creer que todo lo “nuestro” es sagrado, aunque sea malo y todo lo de ellos es maldito, aunque nos sirva.
Qué verdad representa nuestra sociedad y cuál es la verdad que debería representar?

domingo, 10 de octubre de 2010

Avatar y la línea roja

Acabo de ver “AVATAR” de James Cameron por primera vez y coincidentemente dos días después de ver “The Thin Red Line”, una obra maestra de Terrence Malick, por cuarta o quinta vez.
En las dos películas la naturaleza es protagonista. En Avatar, la naturaleza se rebela y destruye la fuerza de la humanidad depredadora que pretende consumir todo sin parar. En The Thin Red Line, la naturaleza actúa de escenario sobre el cual la humanidad se destruye, y destruye la naturaleza, por ambición de poder e intereses económicos disfrazados de patriotismo. Creo que The Thin Red Line es más “ecologista” que Avatar.
En Avatar, la naturaleza finalmente comprende que debe adoptar el comportamiento de los humanos para librarse de ellos haciéndoles probar su propia medicina; la violencia. La diosa de Pandora moviliza a todas las fieras a pedido de un humano converso, para que ejerzan la violencia y se liberen de la maldad y de la codicia corporativa de los grandes intereses económicos de una civilización que vive de la depredación de los recursos naturales. En The Thin Red Line, la naturaleza santa sufre indefensa la violencia del hombre malo que todo pretende conquistar, destruir y consumir. La naturaleza nunca imita al hombre; es incapaz de violencia.
El héroe de Avatar consigue conquistar los corazones de los habitantes de Pandora infiltrándose en forma traicionera y aprendiendo fácilmente su milenaria cultura en unas cuantas semanas, incluyendo su lengua y el favor de su dios, demostrando así su superioridad, su condición de mesías y la inferioridad de un pueblo supersticioso. En The Thin Red Line, el héroe da su vida por salvar a dos amigos y en este acto heroico retorna a la naturaleza que siempre veneró y que siempre vio como buena en contraste con la maldad de los hombres. Nunca pretende darle lección a nadie ni ser especial, ni mucho menos dominar a la naturaleza o influenciar a Dios.
El mensaje de Avatar es sencillo; la salvación también viene de tu enemigo, al cual debes imitar y superar en su propio juego. La lección de The Thin Red Line es que el hombre se volvió malo y abandonó a la naturaleza buena, intoxicado por su vanidad y su codicia sin límites.
Para que el desarrollo de nuestras sociedades sea sostenible en el tiempo, la responsabilidad es nuestra, la naturaleza no se va a rebelar ni va a adoptar nuestra violencia para combatirnos. Siempre pondrá la otra mejilla, como una santa.