domingo, 3 de abril de 2011

Desarrollo, Honor y Vergüenza

“Es importante entender que aunque ser honorable equivale a tener derecho a ser respetado- y la pérdida de ese derecho trae consigo la vergüenza-, a una persona honorable le preocupa en primer lugar, no el hecho de ser respetado, sino el ser digno de respeto. Alguien que sólo quiere ser respetado…. se ocupará en administrar su reputación, no de mantener su honor….Para una persona honorable, es el honor en sí lo importante y no las recompensas que se obtienen por ser honorable. Uno siente vergüenza cuando no cumple los estándares del código de honor”

Kwame Anthony Appiah en “The Honor Code; How Moral Revolutions Happen”
W.W. Norton & Company 2010

En su ensayo, Appiah se concentra en revisar y analizar aquellos comportamientos que perteneciendo a un “código de honor” han sido sin embargo comportamientos tanto ilegales como inmorales. Es decir, nos platea el efecto negativo de los “códigos de honor” que han dominado el comportamiento de ciertos grupos, dentro de ciertas sociedades. Sus ejemplos son, el duelo, en el cual dos hombres “de honor” definen su disputa disparándose con revólveres en el marco de un ritual, luego, la práctica de vendar y deformar los pies de las mujeres chinas para conservar el honor de su esposo y de la familia y, entre otros ejemplos, el asesinato de mujeres para salvar “el honor” de las familias en ciertas tribus afganas. Todos estos ejemplos vendrían a ser el lado malo de los códigos de honor. Pero podría haber, también según este autor, códigos de honor que ayuden a mejorar el bienestar de las personas; es decir, aunque no lo dice expresamente así, códigos de honor que sean un sustento institucional del desarrollo de las sociedades.
Creo que la tarea de encontrar un código de honor positivo vigente en el Paraguay de hoy no es fácil, es más, creo que encontrar “códigos de honor” positivos y personas “honorables” aparece como una tarea difícil en el mundo entero. Recordemos que a la persona honorable le importa, sobre todo, ser merecedora de respeto de acuerdo a un código vigente entre pares; no es sólo cuestión de simular ser “honorable”, sino cumplir con el código aunque esto le lleva a la muerte. No voy a describir los códigos de honor que antes regían el comportamiento de las personas en función pública, pero sí es evidente que un político como Bill Clinton no cumplió con el código tradicional y sin embargo se “salió con la suya” porque captó que los códigos estaban cambiando, o desapareciendo. De la misma manera, Lugo decepcionó a muchos que esperaban de él su adhesión a un código de honor más “sacerdotal”. Los ejemplos de comportamiento deshonroso son cosa de todos los días en nuestro país. Si realmente fuese deshonroso robar, evadir impuestos, ser planillero, recibir subsidios sin tener derecho, dar y recibir coimas o hacer contrabando, creo que más serían las caras rojas de vergüenza que las morenas.
Para no amargarnos tanto, les doy dos ejemplos significativos traídos del ámbito deportivo; y elijo el deporte porque es una actividad en la que el respeto a un código de honor es básico para su buen funcionamiento y además porque el deporte nos da ejemplos que fácilmente, por analogía, pueden enseñarnos la importancia del código de honor en la institucionalización de la democracia y el progreso. No puedo dejar de mencionar a personas que de hecho, y esto sí que es una paradoja,parecieran ser respetadas y alabadas justamente porque tiran a la basura los códigos de honor; me refiero a deportistas como Maradona. En el caso específico de Maradona, me parece más significativa su falta de honor al dejar que cobraran un gol que él hizo con la mano, que la forma grosera y mal educada en la que se dirige a los periodistas o su problema de drogadicción, que aunque infringe el código de honor del deporte, es también una enfermedad. Partiendo de aquella “mano de Dios” en EEUU contra Inglaterra, llegamos al gol anulado a los ingleses en el partido contra los alemanes en el mundial de Sud África. Un gol que, literalmente, todo el mundo vio, menos el árbitro, y sin embargo, ningún jugador alemán se preocupó por su honor y todos, y su director técnico, prefirieron ganar con un gol con trampa que arriesgarse a perder con honor. Este ejemplo podría parecer banal, pero es significativo en cuanto que expresa la falta de honor de los jugadores profesionales y la poca importancia que los hinchas le dan al honor. Si el arquero alemán, que vio la pelota dentro de su arco como lo demuestran varias fotografías tomadas en ese instante, hubiese preferido salvar su honor pidiendo al árbitro que otorgue el gol a los ingleses, bueno, ya nos imaginamos que ese pobre honorable jugador quizá se hubiese ganado el respeto de algunos “del viejazo”, pero seguramente se hubiera ganado el mote de “traidor”, como mínimo, del resto. El único código es “ganar”, cómo, ya no es importante.
Volviendo a lo local y al comportamiento de nuestras autoridades públicas, las juezas que plagian sus tesis doctorales, los ministros que hacen lo mismo, los que consiguen puestos de planilleros y los que los aceptan, los que compran los textos de exámenes para que sus hijos “salven”, los que coimean a los zorros grises y los zorros que reciben las coimas, todos ellos, no son honorables, pero sí se enojan cuando sus historias salen en los diarios y “dañan”, muy entre comillas, su “reputación”, bien entre comillas. No se ofenden y no les da vergüenza perder el honor, sólo les molesta perder su “reputación”. Dicho de otra manera, son “honorables” y merecedores de “respeto” de acuerdo al código de honor del “tova mokoi”, del “mbarete” y del “ñembotavy”, tres códigos de honor aplicados estrictamente por los jugadores alemanes en Sud África.

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