domingo, 24 de abril de 2011

La verdad y el desarrollo

“Separar concretamente cada proceso de verdad de la historicidad “cultural” donde la opinión pretende disolverlo: tal es la operación a la que nos guía (San ) Pablo”

Alain Badiou en “Saint Paul; la fondation de l’universalism”

Pongo entre paréntesis “San” porque Alain Badiou, que se define a sí mismo como ateo, en su texto no usa el calificativo de “Santo” para Pablo. Su ensayo pretende explicar filosóficamente cómo el apóstol de los paganos contribuyó a instalar la verdad de la resurrección en el mundo.
Toco este tema porque la instalación de una verdad hegemónica en una sociedad es un evento crucial en el desarrollo de dicha comunidad, ya que de esa verdad derivarán las instituciones normativas, las costumbres y otras instituciones que conformarán el “modus vivendi” dentro del cual los miembros de la comunidad compartirán la responsabilidad del progreso o del atraso de su sociedad. Lo que es bueno o malo, lo permitido y lo prohibido, y la propia noción de lo que significa “el bien común” y el “bienestar” derivarán de esa verdad fundamental, así como, en última instancia, la tan mentada “seguridad jurídica” que los inversores, supuestamente, necesitan para arriesgar su capital. Hoy, por ser el día en el conmemoramos la resurrección de Jesús y nuestra salvación, me pareció pertinente referirme a esta verdad central en el desarrollo de lo que hoy llamamos el mundo occidental, en general, y del Paraguay en particular.
Una primera observación de Badiou es que el proceso de verdad, así como lo desarrolla San Pablo, interrumpe la repetición. La verdad no es un acontecimiento repetitivo o normal, la verdad interrumpe lo acostumbrado, rompe la rutina, no conoce antecedentes. La verdad surge como algo nuevo, que no tiene sustento en la costumbre. Por eso lo realmente importante no es tanto la muerte de Jesús como su resurrección. Lo nuevo es cómo la muerte pasa a ser una etapa de la salvación y no un destino final.
Una segunda observación sobre la forma en que San Pablo dio a conocer la verdad, es que el proceso de verdad no puede anclarse en la identidad vigente de una comunidad, porque si bien es cierto que la verdad es algo singular, su singularidad es inmediatamente universal. La verdad no es de una cultura o de un pueblo, es universal y para todos. Por eso San Pablo insiste en que la verdad no es judía y no proviene de la ley judía; no porque los judíos deban ser marginados, sino porque la verdad no puede pertenecer a unos pocos. No existe “mi verdad” y “tú verdad”, sólo hay una. La verdad no es de unos pocos que la imponen a todos, sino es, desde su primer momento singular, algo universal. Por eso según Badiou, el mundo contemporáneo es doblemente resistente, o incluso hostil, al proceso de verdad. Porque, por un lado en el mundo actual predomina la hegemonía de un modelo económico capitalista, y por lo tanto todo acontecimiento que no sea parte de este modelo hegemónico es visto con desconfianza, y, por otro lado, y como reacción a la hegemonía del capitalismo, las identidades étnicas, religiosas, idiomáticas y culturales están exacerbadas y por ello una verdad universal es recibida con escepticismo por todos los que temen perder su identidad colectiva.
San Pablo llevó al mundo la noticia de un acontecimiento singular. Un acontecimiento sin sustento estructural, ni axiomático, ni legal. Ninguna generalidad disponible, en esa época o ahora, puede explicarlo. No existe una “ley de la verdad” que explique este acontecimiento. Es una verdad que se ofrece a todos y destinada a cada uno. San Pablo piensa que, en términos prácticos, toda verdad universal está desprovista de centro; de otra manera, la verdad quedaría fijada en el espacio “cultural” del centro de donde viene. Hubiese sido como si pudiese existir una “verdad guaraní” o una “verdad francesa”. Concretamente, en la época de San Pablo, el peligro era que la verdad sea vista o comprendida como “razón” por los griegos o como “ley” por los judíos, las dos formas de ver el mundo que predominaban entonces. San Pablo evitó ser reconocido como filósofo (poseedor de la razón) y evitó ser reconocido como profeta (intérprete de la ley) y se presentó y fue reconocido como apóstol, es decir, portador de la buena nueva, de la verdad. La verdad de la resurrección fue un “escándalo” para los judíos y una “locura” para los griegos. La verdad no tenía sustento en el modelo mental o la construcción social predominante de la época; era, fuera de serie. Además, para darle una incuestionable universalidad, San Pablo presenta la verdad de la resurrección, no como un derecho de unos cuantos, sino como un regalo para todos; no son unos cuantos los que tienen derecho, sino que la verdad es la gracia de Dios. Es un regalo. Al vivir en la verdad, no vivimos bajo la ley, sino que vivimos en la gracia y todos pueden vivir en la gracia de Dios; la verdad es para todos.
La resurrección de Jesús sigue siendo hoy una verdad cuestionada por los que tienen “razón” y por los que conocen “la ley”, pero es una verdad aceptada y creída por la inmensa mayoría de las paraguayas y paraguayos. Esa verdad ha marcado nuestra forma de construir la comunidad y guía la mayoría de las decisiones de políticas públicas. No es la jerarquía de la Iglesia Católica la que atrae a cientos de miles de fieles todos los años a Kaakupe, es la imagen tallada en madera de la madre del hijo de Dios. Una imagen de virgen que nunca repartió dinero ni puestos públicos, ni nunca ganó unas elecciones; es la imagen de la madre del hijo de Dios, que nació para morir y resucitar por todos y por cada uno, en un acontecimiento singular, fuera de serie, inexplicable, gratuito y verdadero.

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