jueves, 5 de julio de 2012

Desigualdad y Desarrollo

 “En América Latina, las profundas desigualdades en ingresos y riqueza…. [Han hecho que] las élites económicas se hayan sentido frecuentemente amenazadas por las promesas de reformas políticas progresistas; los líderes políticos han estado presionados fuertemente por electores de grupos populares para que implementen medidas redistributivas en el corto plazo; y los líderes políticos han tenido que operar en un entorno caracterizado por la permanente politización de la economía”

 Riordan Roett y Francisco E. González , en el capítulo 6 de “Falling Behind”, editado por Francis Fukuyama http://www.amazon.com/Falling-Behind-Explaining-Development-Between/dp/B005K6JY38/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1341242600&sr=1-1&keywords=falling+behind+explaining+the+development+gap+between+latin+america+and+the+united+states

El argumento aquí es que cuando lo que está en juego es de un valor muy grande, es mucho más difícil llegar a un acuerdo aceptable para todos; la consecuencia puede muy bien ser violenta. Una negociación entre dos grupos de los cuales uno tenga muchísimos recursos económicos y el otro muy pocos es, por definición, una negociación asimétrica en la que las partes no se reconocen ni se creen iguales y en la que ambas partes tienen tanto en juego que están dispuestas a recurrir a medios no democráticos para lograr ganar. En estas condiciones de desigualdad, es difícil pensar en una solución de tipo ganar-ganar y es difícil lograr un progreso permanente en la calidad de la democracia.
 Deberíamos esforzarnos en forma prioritaria a reducir las desigualdades si verdaderamente queremos vivir en democracia. ¿Por qué no lo hacemos?. Creo que tiene mucho que ver, aunque no exclusivamente, con el papel que juegan los partidos políticos

En América Latina, y en el Paraguay, los partidos políticos han sido atrapados en el rol de mediador entre las mayorías pobres y las minorías que detentan una parte desproporcionada de las riquezas, de la influencia política, del acceso a servicios de salud, educación, información, etc. Podemos decir que los partidos políticos del Paraguay se han organizado para “manejar” la relación entre los poderosos y los marginados y vivir de esta función. Lo que describo es similar a lo que pasa con los peronistas en la Argentina; son el conducto o el mecanismo del permanente conflicto entre los “descamisados” y la “oligarquía”.

Aquí en el Paraguay, los partidos políticos pretenden ser los intermediarios entre los pobres, preferentemente los campesinos, y los ricos. Los partidos viven, literalmente, de la desigualdad; su papel en nuestra sociedad es el de atizar y luego enfriar el calor del conflicto entre sectores de la sociedad que se disputan el control de los recursos. Los partidos buscan estar bien con las dos puntas del espectro de conflicto y a todos prometen darles lo que quieren, como un padre que tranquiliza las disputas en su familia repartiendo premios y regalos, sin tener en cuenta los méritos de cada uno, sino el efecto tranquilizador. El verdadero objetivo de los partidos actualmente no parece ser fortalecer el estado de derecho, o disminuir las desigualdades y los conflictos que éstas causan, sino acumular poder controlando el manejo del conflicto y aliándose coyunturalmente a uno u otro sector.

Les prometen tierras a los pobres y les prometen un clima de inversión predecible a los empresarios, les prometen viviendas a los pobres, pero no implementan el cobro del impuesto a la renta personal, prometen un manejo eficiente del dinero público, pero contratan a todos sus parientes y operadores políticos, prometen combatir la corrupción, pero también negocian con los grandes proveedores del gobierno, prometen educación para todos, pero después politizan la contratación de maestras, etc. etc. El comportamiento es siempre contradictorio, no porque no sepan lo que hacen o porque no tienen un plan, sino porque quieren que todos dependamos de su administración del conflicto social y que temamos que si no lo manejan habrá caos.

Los “operadores políticos”, por más experiencia y “cintura” tengan y por más sumiso o poco reactivo sea el pueblo, o “nuestra gente” como decimos paternalmente, la probabilidad de que a estos operadores se les escape la situación de las manos, como en Campos Morombí, es bastante grande, y el peligro de encontrarnos un día lidiando con un conflicto fuera de control no puede ser descartado a la ligera.

Lo que está en juego para las partes en un país de tanta desigualdad, es de muchísimo valor para todos los implicados. No es algo marginal lo que está en juego. No son diferencias mínimas negociables. Son diferencias abismales sobre las que es difícil llegar a acuerdos por la misma razón de su magnitud.

La manera de disminuir y eventualmente limitar el grado de conflicto a un nivel que sea administrable por una democracia plena, es reduciendo las desigualdades al punto en el que las diferencias no sean “de vida o muerte” y además, que esta necesaria reducción de desigualdades se haga sin violencia y en el marco del estado de derecho. Por decirlo sin exagerar, ¡no es un desafío menor!. Para ello, los partidos tienen que cambiar su función y pasar a ser líderes de la deliberación formadora de opinión que les lleve a la función de gobierno con la capacidad de representarnos en la implementación de políticas públicas que prioricen la reducción de las desigualdades en forma sostenible, pacífica y no populista. Para estas organizaciones que han vivido tanto tiempo del manejo de enfrentamientos, vivir del logro de acuerdos es un cambio radical, es otro papel que requiere de otros talentos. En 2013, busquemos personas capaces de conducir el gran acuerdo que nos lleve a una sociedad menos desigual y más democrática. Para eso necesitamos listas abiertas y deliberación activa de la ciudadanía.

1 comentario:

  1. Álvaro, te suelo leer y te agradezco mucho el análisis. Es especialmente interesante para mí que estoy afuera (por ahora).

    Saludos, y mucha fuerza con el trabajo en estos momentos!

    ResponderEliminar